Volver a mí: cuando el amor duele y el alcohol parece abrazar el vacío
Anoche no dormí.
La madrugada se me quedó pegada en la piel como el olor del alcohol en mis manos. Volví a beber. Después de tanto tiempo prometiéndome que no lo haría, de repetir que ya había aprendido la lección, regresé a esa botella como quien vuelve a un viejo refugio que en realidad es una trampa. Bebí porque me sentía vacío. Bebí porque el silencio gritaba demasiado fuerte. Bebí porque amar también puede romperte.
A veces el amor es una luz que ilumina cada rincón oscuro de tu vida. Y otras veces es la misma llama que termina quemándolo todo.
Mariannys, me enamoré de ti el mismo día que te conocí. No fue algo lento ni calculado. No fue una decisión racional. Fue inmediato, profundo, inevitable. Sentí que algo en mí despertaba, que mi corazón reconocía el tuyo incluso antes de que nuestras manos se tocaran. No soy perfecto. Estoy lleno de errores, cicatrices, historias mal cerradas. Pero cuando amo, amo con todo lo que soy. No sé amar a medias. No sé querer con reservas. Cuando entrego mi corazón, lo hago sin armadura.
Y quizás ese fue mi error.
Porque mientras yo me entregaba por completo, sentía que tú jugabas con mis sentimientos como si fueran fichas en un tablero. Y jugar con las emociones de alguien es el juego más cruel que existe. No deja moretones visibles, pero sí fracturas profundas. No sangra hacia afuera, pero por dentro todo se rompe.
Me mentiste.
Y no fueron solo mentiras grandes y evidentes. Fueron esas pequeñas contradicciones, esos cambios de actitud, esas palabras que decían “te amo” mientras tus acciones gritaban lo contrario. Me decías que me amabas… pero parecía que solo lo hacías cuando habías bebido. Como si el alcohol fuera un hechizo que transformaba nuestra relación. Sobria, distante. Con unas copas encima, cariñosa, apasionada, entregada.
¿Qué clase de amor necesita alcohol para existir?
Anoche, antes de que todo volviera a desmoronarse, tuvimos una conversación larga. Hablamos de todo. De lo que sentimos, de nuestros miedos, de lo que queremos construir. Me miraste a los ojos y dijiste que me amabas, que querías estar conmigo, que querías intentarlo de verdad. Yo te creí. Siempre te creo. Porque cuando se ama de verdad, uno quiere creer.
Pero al día siguiente cambiaste otra vez.
Especialmente cuando estás con tus amigas. Es como si yo desapareciera. Como si mi presencia te incomodara. Como si te avergonzara estar con alguien como yo. Delante de ellas me tratas como si no fuera nadie. Como si no tuviera importancia. Como si fuera un error que prefieres ocultar.
Y yo me pregunto: ¿qué clase de amor es ese que solo existe en secreto?
¿Qué clase de amor es el que se esconde cuando hay testigos?
¿Por qué me amas cuando nadie está mirando, pero me ignoras cuando el mundo observa?
El amor no debería vivirse en la sombra. No debería ser un susurro avergonzado. No debería sentirse como una culpa.
Anoche bebí mucho porque me estabas hiriendo. Porque necesitaba hablar con alguien y tú eras la persona que yo quería que estuviera a mi lado. Te invité a salir. Te pedí que vinieras conmigo. Necesitaba tu presencia, tu apoyo, tu voz diciéndome que todo iba a estar bien.
Me dijiste que no.
Pero sí tuviste tiempo para tu pequeño amigo policía, ese que ni siquiera se preocupa por ti como yo lo hago. Para él siempre hay espacio. Para mí, excusas.
Yo necesitaba a mi pareja. Necesitaba a la mujer que dice amarme. Necesitaba que me abrazaras cuando estaba cayendo. Y fallaste.
Paola fue la única que estuvo ahí escuchando mi vida “aburrida”, como tú la llamas a veces con indiferencia. Ella se sentó conmigo. Me escuchó sin juzgar. No se burló de mi tristeza. No cambió de tema. No miró el teléfono mientras yo hablaba. Fue una amiga de verdad.
Y tú estabas ahí, viendo televisión, sin prestarme atención, como si mi dolor fuera ruido de fondo.
¿Qué clase de amor es ese que no está cuando más lo necesito?
¿Qué clase de amor se desconecta cuando estoy triste, estresado, roto?
El amor verdadero no miente.
El amor verdadero no humilla.
El amor verdadero no desaparece cuando llegan los amigos.
El amor verdadero no necesita alcohol para sentirse real.
Yo todavía te amo. Y eso es lo más difícil de admitir. Porque sería más fácil odiarte. Sería más sencillo convertir todo este dolor en rabia. Pero no. A pesar de todo, mi corazón sigue latiendo por ti.
Sin embargo, hay algo que estoy empezando a entender: no puedo permitir que me destruyas.
No puedo seguir bebiendo hasta perderme solo porque tú no sabes amar. No puedo seguir rompiéndome para que tú te sientas cómoda. No puedo seguir aceptando migajas de afecto mientras yo entrego banquetes enteros.
Anoche, entre trago y trago, sentí que estaba tocando fondo otra vez. Recordé las promesas que me hice. Recordé las veces que juré que no volvería a ahogarme en alcohol por nadie. Y me di cuenta de algo doloroso pero necesario: estaba traicionándome a mí mismo por intentar salvar algo que quizás nunca fue real como yo lo imaginé.
El vacío no se llena con alcohol.
Solo se hace más grande.
Cada copa me daba unos minutos de anestesia, pero después el dolor regresaba multiplicado. No era solo tristeza por ti. Era decepción conmigo mismo. Era la sensación de estar perdiéndome otra vez por alguien que no hace lo mismo por mí.
Yo necesito aprender a amarme más de lo que te amo a ti.
Y eso no es egoísmo. Es supervivencia.
Durante mucho tiempo confundí amor con sacrificio extremo. Pensé que amar era aguantar, justificar, perdonar todo, entender siempre, esperar eternamente. Pero el amor no debería sentirse como una guerra constante. No debería doler todos los días. No debería hacerme cuestionar mi valor frente a tus amigos.
Si me amas, no deberías avergonzarte de mí.
Si me amas, no deberías tratarme como si fuera invisible.
Si me amas, no deberías jugar con mis emociones.
Estoy cansado de sentir que compito por un lugar en tu vida cuando se supone que debería ser una prioridad.
Anoche prometí algo importante. Entre lágrimas, entre botellas vacías, entre mensajes que nunca enviaste, me prometí que voy a estar sobrio. No voy a beberme hasta la muerte por tu amor. No voy a usar el alcohol como respuesta a tus silencios. No voy a castigar a mi cuerpo por tu indiferencia.
Voy a poner mis necesidades primero.
Eso no significa que deje de amar. Significa que voy a empezar a amarme también.
Porque antes de ti, yo ya existía. Antes de tus palabras, mi corazón ya latía. Antes de tus mentiras, yo ya tenía valor.
Y hay alguien más que me necesita fuerte: mi hijo, Alexander.
Él no merece un padre destruido por una relación inestable. No merece un hombre perdido en el fondo de una botella. Él merece un ejemplo. Merece un hombre que, aunque esté herido, se levante. Que, aunque esté triste, luche. Que, aunque ame profundamente, se respete aún más.
Mi amor por ti es grande. Pero mi amor por mi hijo debe ser más grande todavía.
Y mi amor propio tiene que crecer.
Quizás tú no sabes amar de la manera en que yo necesito. Quizás tu forma de querer es intermitente, cambiante, influenciada por el entorno, por tus amigos, por el alcohol. Tal vez no eres mala persona. Tal vez solo no estás lista para un amor sincero, abierto, visible.
Pero yo sí estoy listo.
Estoy listo para un amor que no se esconda.
Estoy listo para un amor que no me haga sentir pequeño.
Estoy listo para un amor que me sostenga cuando estoy cayendo.
Y si ese amor no viene de ti, entonces tendré que encontrarlo primero dentro de mí.
No quiero convertirme en alguien frío o egoísta como a veces pareces tú. No quiero cerrarme al mundo. No quiero endurecer mi corazón. Pero sí quiero aprender a poner límites. Quiero aprender a decir “esto me duele” y no quedarme esperando que cambies sin pruebas.
El amor no se demuestra solo con palabras dichas en la madrugada. Se demuestra en la mañana siguiente. Se demuestra ante los amigos. Se demuestra cuando alguien está triste. Se demuestra cuando el otro necesita compañía.
Ayer dijiste que me amabas.
Hoy actuaste como si no importara.
Y esa contradicción me rompió.
Sin embargo, en medio de todo este caos, hay algo claro: no quiero seguir destruyéndome. No quiero que el alcohol sea el tercer protagonista de nuestra historia. No quiero que cada discusión termine en una botella abierta. No quiero que mi tristeza tenga resaca.
Quiero claridad. Quiero respeto. Quiero coherencia.
Si me amas, demuéstralo sin esconderme.
Si no me amas, sé valiente y dímelo.
Pero no juegues conmigo.
Porque aunque todavía te amo, estoy aprendiendo que mi dignidad no es negociable.
Esta noche no voy a beber. Mañana tampoco. Voy a enfrentar el vacío sin anestesia. Voy a sentir el dolor completo si es necesario, pero no voy a huir de él con alcohol. Porque cada vez que huyo, pierdo un pedazo de mí.
Y ya he perdido suficientes pedazos.
Quizás algún día leas esto y entiendas cuánto me dolió sentirme invisible a tu lado. Quizás entiendas que el amor no es algo que se activa solo cuando conviene. Quizás comprendas que yo no pedía demasiado: solo respeto, presencia y sinceridad.
No sé qué pasará con nosotros. No sé si aprenderás a amarme como yo necesito. No sé si podremos reconstruir lo que se ha fracturado tantas veces.
Pero sí sé algo: no voy a dejar que esta historia me destruya.
Voy a ser fuerte por Alexander.
Voy a ser fuerte por mí.
Voy a ser sobrio por mi futuro.
Te amo, sí.
Pero también me estoy empezando a amar a mí mismo.
Y esta vez, no voy a olvidarlo.

Comments
Post a Comment